viernes, 24 de agosto de 2007

Barcelona-Granada (2ª parte “Apuntes de Viaje”)


¿Para qué viajar? Cuando llevas más de dos horas en el aeropuerto se te han pasado las ganas. Opaca sensación de que no hay nada por ver. Arranque del avión (porque por fin despegas). Como si te hundieran la cabeza en el agua, la presión de la altura te hunde en un sueño profundo. Cuando abres los ojos tienes el desierto rocoso y llano de el sur de España ante tus pies. A veces pagaría por el solo placer insustituible de ver la tierra desde el aire. Las rasgadas nubes de enfrente pasan rápidas, el paisaje, en cambio, lento, como si el tiempo se doblara. De hecho, lo único que se mueve es el aire. Al aterrizar todo el mundo aplaude, como si hubiesen pagado para asistir al milagro de llegar vivos. El autobús hacia el centro de Granada se demora aún más. Son diferentes concepciones del tiempo en una misma cultura. Será por la falta de mitos. El “ahora salimos” del conductor, seguido de media hora de espera lo evidencian. Cada uno se toma las cosas a su medida. La estación de Granada es sencilla, como su gente, como su geografía. Líneas muy marcadas, poco ruido, tiempo sin tiempo, mas con un sólido compás. Como en la Soleá, el compás es interno y se hace evidente sólo para los oídos más atentos.