viernes, 24 de agosto de 2007

Conversaciones ardientes (20ª parte “Apuntes de Viaje”)



Aquí no tienes obligación alguna, pero estás continuamente limitado por los ancorajes propios del hotel, las urbanizaciones y el desierto. Aquí que el tiempo pase no significa nada. Lo significativamente peligroso es no ponerse de gala para la cena, ni participar en las noches temáticas de baile, ni sentarse en una mesa llena de barrigudos y señoras encorsetadas con la faja y la carne saliéndose por todos los costados como una fuente colesterolizada. Todos hablando del calor que hace. No hacer eso es lo raro. Todo este ruido me altera, y es que aquí el silencio va caro. El generador del hotel de enfrente (que no sé ni qué genera ni qué extrae) no deja que se abra ningún instante de paz natural. Aquí no existe la noche y su salvífica matriz de silencio. En dos días: ningún contacto humano salvo mi hermana y todos aquellos que le dicen, mientras pasa, sus debidos “buenos días”. Ella está medio trabajando, medio chateando abajo con un chico del que se ha enamorado por la vía telemática mientras yo saboreo mi telepathos en la terraza.

“Así que aquí estoy, por el camino de en medio (…)
tratando de aprender a usar palabras, y cada intento
es un arranque completamente nuevo,
y un diferente tipo de fracaso
porque uno ha aprendido sólo a extraer
el mejor partido de las palabras
para aquello que uno ya no tiene que decir, o el modo
en que uno ya no está dispuesto a decirlo, y así
cada nuevo empeño
es un nuevo comenzar, una incursión en lo inarticulado
con un desartado equipo en constante deterioro
en la confusión general de la imprecisión del sentimiento,
indisciplinadas escuadrillas de emoción y lo que hay que vencer
por fuerza y sumisión, ya se ha descubierto
una o dos, o varias veces por parte de algunos hombres que nadie puede confiar en
emular –aunque no haya competición,
sino sólo la lucha por recobrar lo que se ha perdido
y se ha encontrado y se vuelve a perder otra vez.”
(East Coker, T. S. Eliott, dentro de Four Quartets).