viernes, 24 de agosto de 2007

Estación de Granada (3ª parte “Apuntes de Viaje”)


Hace un calor de grillos. Acaba de manifestarse el verano por fin, ese dormir sin sueño, esa horizontalidad incólume, ese ronroneo caluroso que te susurra que nada pasa y, aún así, que todo va a salir bien. Un leve olor a muerto llega también con esa sofocante dilatación compresiva del aire. Es un muerto, en todo caso, sonriente. Quizás sea el mismo que el que transpira en el paciente hombre sureño español. Quizás sea mi propia sarna. Si me quedase en Granada, lo saborearía con toda su sangre, con su latir más vivo, nocturno, musical, de jolgorio y plazoletas. Aquellas en las que quizás nunca estaré. Atender horas en cada sitio para moverse hacia el siguiente es ya, de por sí, un aprendizaje. En la estación de Barcelona se pasean perros con policías, en Granada la poca gente atiende dicharachera sentada en el suelo mientras declina el día y el sol desaparece. En la esquina una chica rusa está llorando con todo el maquillaje licuado, está tan concentrada en su dolor que ni se tapa la cara. En Barcelona, si alguien llora, apenas se nota, la agitación es demasiado grande. Las chicas extranjeras del norte de Europa llevan faldas de colores y zapatos de niñas pequeñas, tienen la piel acristalada, los hombros caídos, el pelo liso. En el sur de España otra es la mujer que canta. Otra es la profundidad de su mirada y el viento que va al encuentro de sus almas. Las chicas del norte quizás busquen este advenimiento. Se les ha dicho que aquí hay duende, jinetes y postergadas albas, tórridas noches y días calmos, arquitectura milenaria, cante jondo, olivares, peñascos y todo muy barato, que se vive ahora como antaño. Un cierto aire primitivo meciéndolo todo pero con la limitación del marco desde el que se ha vendido. Siguiendo con la fisonomía humana, cabe decir que aquí hay menos Quijotes que Sancho Panzas, con todo lo que conlleva.