viernes, 24 de agosto de 2007

Levante y poniente, día y noche (8ª parte “Apuntes de Viaje”)


La primera noche en Almería la cubren relámpagos en el cielo. Por la noche llueve. Es extraño que ocurra, tan extraño como que yo esté aquí, pues ya somos dos contradiciendo la noche almeriense. Visita al mar matutina. Playas desiertas que se asemejan a vertedores naturales. Mucho mar, y ninguna posibilidad de adentrarse en él. Para hacerlo tendrías que ir hasta el Cabo de Gata, otro finis-terrae para descubrir. Si durante la noche todo lo cubren las autopistas de faroles y el neón de los hoteles, durante el día son las grúas y esas cavernas de cuatro estrellas repletas de veraneantes familiares. Nunca me familiarizaré con ese ‘falseado’ entorno natural donde el crédito de la naturaleza humana se ciñe al de su tarjeta para comprar un ocio estéril. Entrono mi queja. Aquí, pues, enemiga de todos y nadie, la más inútil de todos, sólo puedo confiar en mí misma y lo que me queda: Escribir y leer. A pesar de mi hermana, que es dulce a veces, y trabaja siempre. Todos la respetan como subdirectora que es. Aquí lo único que pasa, lo único que cambia, es el viento. De día trae calor y viene de levante, de noche trae fresco y viene de poniente. Levante y poniente, ¡levántese y póngase! ¿Es que hay nada más?