viernes, 14 de septiembre de 2007

El inquilino de la calle Magallanes 5 a las 23.30 de la noche



Afuera reina lo oscuro. Dentro de la pantalla brillan los monstruos

Muro. Negro. Cruz. Y nunca tierra. La grúa, esa cruz que no sostiene ningún mártir mas que el que está cada día obligado a verla de cerca, asoma inmensa cuando abres el balcón, detrás del cual hay un palmo de superficie aún pisable antes de arrojarte al precipicio. El precipicio llega hasta el patio de la mujer de abajo que, por miedo, lo tiene cerrado y lleno de todo lo que cae de las viviendas de arriba y que nunca recuperaremos, a pesar de vivir en el mismo edificio. Así conviven los recuerdos con las ratas. Por miedo. Por miedo a que quien llame a la puerta sea un asesino. Por miedo a que la grúa termine por asesinar la grieta que, entre los muros inacabables, me deja entrever la forma de un árbol o quizás dos. Por miedo nos asesinamos ante un televisor que sólo escupe cadáveres, muertos que parecen aún vivos y vivos sonrientes que parecen andar como muertos, o algunos vivos que están allí para matarte de risa, o la mayoría de las veces de pena. ¿A qué invisible figura tememos detrás de la puerta y por qué hemos dejado de temer lo que asoma detrás de la pantalla? Ni tan solo los tiranos que hacen una política de extremos, o los políticos, que se ponen en el extremo de la política, aquel en el cual son ya indiscernibles del espectáculo, ni tan solo ellos nos dan miedo, quizás nos dan asco, o risa, puestos allí como la mejor psicoterapia personalizada para que escupamos encima de su imagen o recemos cuando los veamos llegar. En el más resignado de los casos sentimos indiferencia. Quien se niega a dejar de resistir, aquél entonces siente desprecio. Acaso quedan pocos que aún se atrevan a despreciar.

Otra vez echan mierda por la tele, pero nos sentamos el día siguiente esperando que veremos aquello que (sin saber qué) esperamos. Y nunca llega y, como a un hijo malo, lo perdonamos esperando su conversión, y diciéndonos a nosotros mismos, como para exculparnos, que si estamos los dos allí es porque cada uno lo ha escogido, como su lugar en el reino de los cielos, que por eso se va a misa, como se va al trabajo, para poder empezar a vivir una vez llegamos a viejos. Pero nunca llegamos, y nunca llegaremos a sentir terror de verdad ante los títeres que pueblan nuestra imaginada cotidianidad. Quizás algún violador o asesino en pantalla nos ha hecho apartar la mirada un momento hacia la oscura puerta del comedor, pero le sigue a eso un opinar constante, como si la cosa no estuviera viva y transformándose, y nosotros lo supiéramos todo, como si la cosa estuviera allí para nosotros, como un juguete sin el cual careceríamos de emociones. Aunque tampoco esperamos llegar a comprender lo que se nos muestra, simplemente buscamos la repetición hipnótica, signo de distintividad, del “yo sé, porque lo he visto”. En la tele, claro.

No sentimos terror porque cambiamos de canal, y las señoritas que bailan con el cuerpo al desnudo nos provocan el mismo calor que las ondas herzianas a la planta del rincón de la habitación, y hay algo de masaje delicioso en ello, y nos decimos que aquello no debe ser tan malo. Incluso nos sentamos enfrente suyo para quedarnos dormidos, de la misma forma que nuestros abuelos les pedían a sus padres que les contaran un cuento. Siguen habiendo tropas en Iraq, duérmete hijo mío. Al violador de l’Eixample le practicaran la castración química, duérmete hijo mío. Sumatra ha sido hundida bajo un seísmo, duérmete hijo mío. El sector immobiliario está en crisis pero los alquileres no bajarán, duérmete hijo mío. Comparecencia del presidente ante los apagones en Barcelona, duérmete hijo mío. ¿Cómo podemos despertar de un sueño en el que hemos entrado de esta forma y salir ilesos? No podemos.

El “la televisión me ayuda a no pensar” es una excusa para camuflar el “no quiero hacerlo, ni voy a hacerlo, lo que pase en el mundo no es asunto mío”. Ciertamente no nos concierne cambiar el mundo, pero sí es tarea del hombre el hacerse un mundo. Y más que hacerlo a su medida, tendrá él que hacerse a la medida del mundo para poder tener un mundo de verdad. Lo que sorprende es que el hombre haya querido hacer “El” mundo y no “su” mundo. Sólo se entiende esta pérdida del “su” porque uno no vertería químicos tóxicos para que floreciera su jardín, ni mataría a su mujer antes de celebrar su aniversario, ni celebraría su muerte los dos en la misma cama para dar prueba de su caridad. Y eso lo hace, porque toma “el” mundo como “cosa/producto” y como “engranaje conceptual/idea”, y, sí, lo hace. Lo que sorprende aún más es que haya querido construirlo según un modelo único y global a partir de sus miedos y deficiencias. ¿Querrá decir esto que el hombre es sádico por naturaleza?¿Son esas las pruebas por las que tiene que pasar la humanidad para, como si fuera un niño tonto, llegar a comprender dónde vive y quién es? Esta humanidad que se está construyendo un disfraz a la medida de lo que más detesta y teme es, peligrosamente, carnavalesca. ¿O quizás es que se está matando a sí misma como los emperadores romanos ante el ocaso de su imperio o el bonzo ante el despertar en la certeza de un mundo hecho de apariencias?

Incluso quien vive aislado crea su mundo en su conciencia, que lo funda en una especie de respeto. Pero quien quiere morir de risa ante el televisor para levantarse renacido en la pena de hacer cada día el mismo circuito estéril, este ni tan solo se está respetando a sí mismo. Tampoco quién no ha sentido miedo de sí mismo ha intentado hurgar en su habitación propia, la única que no es de alquiler, que es de por vida, y a la que tememos habitar por temor al propio temor, y temor a lo que más temida soledad. Es la soledad lo que la televisión disimula con el cobijo de “la audiencia”, esa comunidad de Túes que, de tan solitariamente individualizados en su ensimismamiento, como un loco creyéndose Napoleón, se siente parte de una misma comunidad. Aunque seguirá este “telespectador” sin mirar a su hijo que, con suerte, estará sentado a su lado en el sofá, si no es que ya tiene su propia porción de refugio en otra parte de la casa.

Por suerte tengo la grúa vigilante y el epiléptico televisor en cada frente, incluso puedo pensar en las ratas y todo lo que he perdido desde el balcón para sentirme más acompañada. Pero si pienso en ello, ¿no me servirá más pensar en lo que quiero? O quizás esto también dé miedo: el miedo a darse cuenta de que uno dejó de amar cuanto soñó, y el miedo de no poder ponerle ninguna fecha exacta. Puedo decir, en cambio, el momento preciso en que los plásticos de los tenderos de ropa, al unísono, son retirados, junto a las conversaciones, en lechos de gente tan cansada que olvidaron que al cansancio lo vencía el amor y que aparatos comunicantes excesivamente codificados como la televisión terminan por vencerlo a uno mismo. Aunque se siga riendo, y nunca se haya uno preguntado de qué.

4 comentarios:

Ruben Bike dijo...

Brincando de blog en blog di con el tuyo y me parece genial... saludos

hiperboreana Ingrid dijo...

Gracias Mr. Bike! De verdad. Pues siga saltando y cuando necesite hacer una parada en el camino, aquí´tiene un humilde rincón... Saludos!

oriol dijo...

petons, i llença la tele. I el mòbil, ja veuràs quina síndrome d'abstinència tant recomfortant, els músculs, budells, pors i neurones, els cinc sentits de nou grinyolant com un vell paquebot reflotat a la mar oberta...

oriol dijo...

delícia de blog