
Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero, decía el poeta. La mayoría de cosas que vivimos, carecen de éxtasis, de culminación final. Hoy estás aquí, mañana allá, y eso no cambia nada ni a nadie. Debes procurar cambiarte a ti mismo, hacer de las experiencias algo útil para el conocimiento de ti mismo y del mundo. No podemos soportar morir muchas veces en un solo día. Y por otro lado no nos saciamos con nada. Aunque a veces el solo ir viviendo sacia, pone sobre la mesa del corazón la esperanza y la ilusión. Pero ellas no sacian. Vivo sin vivir en mí, así ha sido mi última experiencia en el trabajo. Ninguna vida alta esperaba, sólo salir de aquello, pero algo me decía que mañana quizás la cosa mejorase. Al final sólo resistes, ya no preguntas, no esperas, sólo sigues, sin saber por qué corres, ni la meta, sin saber que ya no te preguntas por todo eso, sin darte cuenta de que lo tuyo es pura mecánica y que tienes todos los orificios obturados, también el del sentido. Con el tiempo uno detecta más rápido donde están los frutos, y dónde esas nowhere land hiper-codificadas que no aportan nada a nadie, sólo cambian piezas de lugar, vienen repitiendo lo mismo desde hace siglos, confirman lo adquirido, momifican el espíritu, pero que son las más visibles, las más comúnmente aceptadas. La institución-arte, la institución-ciencia, la institución-academia, la institución-política, la institución-media. Cadáveres infinitos donde se muere porque no se muere, donde lo que sacia es el reconocimiento público, pero el público solo reconoce lo obvio, fácil y superfluo. “¿Dónde trabajas, qué haces?”, “Ah, sí, lo conozco, debe estar muy bien, felicidades”, “¿Quién eres?”, “Ah, te conozco, sé lo que haces”, “¿Estás ocupado?¿Tiene nombre y cargo tu lugar en el mundo? Entonces ya sé quién eres y a eso llamo triunfo, y al triunfo felicidad, tienes que ser ambicioso y llegar más alto, rodearte de aquellos para llegar en el punto más alto de tu vivir sin vivir en ti, sólo para lo que los otros esperan de ti”. Éstas cimas son el lugar más bajo del espíritu y el alma. Por eso es extraño que sigan funcionando estas inercias, que sean muy pocos los que incendien sus márgenes. Lo que llena pasa anónimo. Como decía Simone Weil, lo sagrado sólo puede ser anónimo y lo que de menos sagrado hay en los humanos es su persona, lo personal, lo que nos distingue y separa, aunque de forma igual en esta sociedad de modelos, patrones, modas, y publicidad hasta de la tierra prometida. En el hombre todo es sagrado, cada parte de su cuerpo, su espíritu, dice Weil. Lo único que no nos piden que mostremos o entreguemos en la vida social es precisamente eso. Entonces, ¿cómo alguien puede hablar en su nombre y en el de su propia vida? Tenemos que seguir, pero seguir con llena conciencia (reactiva, por otro lado) de que vivimos sin vivir en nosotros y morimos porque ni morimos, ni las cosas cambian.