viernes, 7 de marzo de 2008

EL SUEÑO QUE YA NO QUEREMOS SOÑAR


(arrel del congrés, que va ser el 22 de febrer i no de desembre com deia, una noia em va conviar a participar en una revista que es començarà a publicar el maig sobre literatura, art i pensament i editada a França i Espanya, però com que tot són interrogants a l'aire, penjo aquí el text, que no sé si acabarà publicant-se o no. El tema era "la malencolia" i l'extensió i estil eren lliures del tot, per això no m'he estat de res, amb el risc de ser confusa)


No son tiempos propicios para la melancolía o es que quizás la melancolía ya no sirve para explicar el mundo tal cual nos lo encontramos hoy en día. La melancolía precisa de un soñar que ya nos ha abandonado, un soñar con aromas lejanas de Dios o de eternidad y, si lo confinamos al Renacimiento, con aromas de Genios. Pero además está el contexto en el que se da este soñar. Pessoa lo tenía claro, dice en El libro del desasosiego: “Las grandes melancolías, las tristezas llenas de tedio, no pueden existir más que en un ambiente de comodidad y sobrio (…) Un gran sueño requiere ciertas circunstancias sociales”. Castillos y latifundistas, burgueses y grandes fortunas, todo sigue en pie, pero alguien con el alma predispuesta a considerarla como tal, ¿no sentirá un pequeño escalofrío en su gran salón pensando en el hecho de que cada rincón del planeta tenga un precio y un amo?¿No pasará el castillo a convertirse en otro valor de cambio dejando de ser refugio de ensoñaciones y encanto?¿No sentirá el afortunado un tenue malestar en el pensamiento, cómo si ya no pudiera fluir más la idea de un mundo añorado?¿de un Todo en la palma de la mano?¿Cómo si el sueño se quebrara? Aunque él siga teniendo su magnánimo espacio. Eso considerando que viva a conciencia, que asuma la dificultad del reto. “Lo más difícil no es vivir, sino saber que se vive” decía la protagonista del libro La pasión según G. H. de Clarice Lispector. En esa hipermaterialización del deseo mediado a través del infinito laberinto de imágenes que nos brinda la publicidad (esa forma de hablar que tiene el Capital) hay algo desencantado: La imagen no sacia. Y lo peor de todo: ya no queremos salvarnos, ni tan solo el alma, ni con imágenes ni sin ellas, queremos vivir cómodamente, más allá y a pesar del otro que limita mi libertad. En ese contexto, escaso es el genio, poca la melancolía (si la entendemos como la entendían los hombres del Renacimiento).

¿Se atrevería Chateaubriand hoy en día a escribir otras Memorias de Ultratumba?¿Leopardi su poesía? Quizás sus almas pedirían otras formas. Los tiempos cambian y, aunque el infinito perdure, el anhelo y la nostalgia adoptan otras formas según el contexto en el que son generados. Continúa Pessoa: “En otro lugar, sin duda, es donde son las puestas de sol. Pero incluso desde este cuarto piso encima de la ciudad se puede pensar en el infinito. Un infinito con almacenes debajo, es cierto, pero con estrellas al fin… Es lo que me sucede, en este fin de crepúsculo, en la ventana alta, en la insatisfacción del burgués que no soy y en la tristeza del poeta que nunca podré ser”. Y ahí vamos a la cuestión: a la insatisfacción como sustituto de una melancolía que se ha quedado sin objeto, a la insatisfacción como signo distintivo de una época.

Hemos perdido de nuestro horizonte de expectativas la experiencia de la salvación del alma, pero también su misma idea. Los viejos sacerdotes (aún vigentes en algún recoveco donde los haya), apelaban al sentimiento de culpa como motor de un destino personal. Ahora la culpa es del Estado y el destino el de la Humanidad. Por ese camino ha caído la misma Caída de una época dorada, de un Paraíso extra vitae y, con él, su nostalgia. Más allá de las antiguas civilizaciones catalogadas en las enciclopedias temáticas, la única nostalgia que nos puede quedar ya es la de nuestra infancia, ese minúsculo paraíso en llamas que a veces regresa en algún objeto cualquiera, en un momento completamente desinteresado, pero de forma cada vez más camuflada. Volvemos a Pessoa: “Veía la mañana y sentía alegría; hoy veo la mañana, y siento alegría, y me pongo triste. Ha quedado el niño, pero ha enmudecido. Veo, como veía, pero por detrás de los ojos me veo viendo; y sólo con ello se me oscurece el sol y el verde de los árboles es viejo y las flores se marchitan antes de aparecer. Sí, antes yo era de aquí; hoy, a cada paisaje, por nuevo que sea para mí, regreso extranjero, huésped y peregrino de su presentación, forastero de lo que veo y oigo, viejo de mí”. La conciencia, pues, envejece, al doble de rápido por su falta de creencias, porque, como dice Pessoa no hemos dado al niño “el juguete divino”, porque, a la vez, hemos arrancado del hombre toda su niñez, a pesar de que vivamos en una época completamente infantilizada. Y es ahí donde el corazón se inquieta, donde la razón desobedece al sentimiento y el alma se queda extranjera e insatisfecha. ¿Y qué añorarán estos nuevos niños, a los que casi desde que empiezan a ver y hablar ya no les queda resto de infancia, protegidos como van por unos padres que han aprendido de los manuales cómo hacer de padres y que culminan su lección de pedagogía con toda suerte de objetos materiales, caducos al instante? No es generalizable, pero es una situación recurrente en nuestra sociedad que ha pospuesto la melancolía a las pocas horas solitarias que algunos de otras generaciones llenan con las viejas batallas de luchas de clases. Los nuevos jóvenes heredan, pero no lamentan, porque saben que es un arma de doble filo desde la cual es imposible pensar la realidad y, aún menos, actuar. Pero si en algo se emparentan con los “melancólicos saturninos” estos jóvenes, es en la extendida sensación de, se haga lo que se haga, no poder actuar, la conciencia de estar paralizados en medio de un vórtice socio-económico no voluntario. Pero eso tampoco nos ata.

Aplazado el discurso sobre la salvación del alma, sustituidos los sacerdotes del “tú eres” por los del “tú tienes”, siendo la insatisfacción el relevo natural a la melancolía, al ser humano no le queda más remedio que la vía de la acción (meditada, claro) para dar salida y forma a la responsabilidad que, de forma intrínseca, es activada por la conciencia. Los hombres vuelven o debieran volver a creer en el “tú haces y con ello transformas” y, además, está la faz del planeta lo suficientemente magullada como para que no haya lugar para el lamento de otra mejor época. Cuando el presente llama a gritos una atención constante, hay poco lugar para el recuerdo. La memoria es, al final, un instrumento para vivir más dignamente el momento que nos ha sido dado. Quizás esta transformación sea sólo una ilusión, pero en una época de tan alto grado de reproducibilidad física y emocional (no sólo desde los medios de comunicación, sino también desde la ciencia), tener una ilusión extra-personal es todo un mérito y una hazaña.

Gilles Deleuze, en el Abécédaire, dijo que “toda tristeza es el fin de un poder sobre mí”, y es, en cierta manera, lo que quieren todos los sacerdotes, cualquier órgano de poder: irrumpir contra el desarrollo natural de las potencialidades de un individuo instaurando mecanismos de control y represión; y eso da lugar a demasiadas tristezas, con toda su física y su metafísica. La insatisfacción, en cambio, nace de un chocar las demandas externas contra nuestras potencialidades internas. En la insatisfacción hay una lucha permanente del individuo con su medio, en la melancolía y en la tristeza, hay un dejarse abandonado el individuo al estado y funcionamiento del medio. Al final, como continúa Deleuze, “cambiándose a sí mismo uno transforma el lamento”, y lo podemos invertir. Me cambio cuando hablo, no de lo que sé, sino de lo que he visto y me importa; de lo que me importa porque más tarde sigue allí perturbando mi centro, lacerando mi conciencia, abriendo interrogantes sobre el presente, creando dentro un vacío que pide ser llenado en el lugar donde ya no hay lugar para el lamento; aunque antes sí estaba, creando el mismo vacío, pero sin pedir ser llenado.

La melancolía mal digerida, en lugar de dar luz a una insatisfacción activa, genera depresiones profundas, algo muy concurrente en una sociedad que se muestra tan hiper-individualizada, solipsista y que casi no sabe imaginar. Si antes Durero pintaba su melancolía con sus ojos abiertos y concentrados, sus alas y sus instrumentos de trabajo, y su cabeza apoyada sobre la mano en actitud pensante, a los melancólicos de hoy debería pintárseles con las cuencas de los ojos vacíos y varados en sus inmóviles mareas que cuelgan de múltiples y sonrientes abismos. Pero estos, a diferencia de los del siglo pasado, han olvidado por completo el sueño por el que renunciaron a rendir cuentas al difícil y agotador presente. Y esa dificultad, y ese cansancio, le tornan a uno la sensación de poseer una potencia otra, de llamar a eso quizás alma, y al trabajo quizás sacrificio. Entonces, en las alcobas donde Pessoa y Deleuze ya se despiden sonrientes viendo cómo nos transforman sus obras, el lamento se torna un cántico triste casi siempre alegre. Todos vamos esbozando melancolías en nuestra intimidad para reconocerlas y que no se instalen definitivamente en nosotros, que tan felices fuimos durmiendo nuestro sueño y que tan desubicados nos sentimos en este excitante despertar que nos va llegando como una llamada a la que hay que responder. Aunque no se tengan de momento los instrumentos, aunque se crea que ya no se puede saber, aunque se sepa que ya no sabemos creer.

2 comentarios:

palomar en la azotea dijo...

... el somnis que no vol ser despertats neden entre els remors sensuals de la realitat, com si es tractes d’un so que fuig en el immòbil present, s’escapa... tan impotent i natural, que només deixa empremta càlida d’un tros de gel...
Només cal, un record del tacte...
allò que ens faci, entre un sospir, tornar a retrobar... subtilment diferent i estranyament igual...
balancejant-se entre l’emoció i l' incomoditat, però necessariament càlid per tornar a somniar...

hiperboreana Ingrid dijo...

sí, necessàriament càlid per tornar a somiar. Gràcies!