sábado, 27 de marzo de 2010

relato erótico-apocalíptico-integrado



- ¿Nombre?
- No lo sé.
- ¿Edad?
- Ninguna.
- ¿Sexo?
- Quizás…, pero no.
- ¿De dónde vienes?
- No lo sé.
- ¿Hacia dónde vas?
- ¿Yo?
- Sí, tú.
- No lo sé.
- ¿Qué hacías por la noche en medio de la carretera?
- Tampoco lo sé.

Por fin se había producido el milagro: los pasajeros del tren estaban en el punto más maduro de su propio olvido, no recordaban nada, eran cuerpo puro. En la plancha exterior se leía: TREN DEL AMOR, y una mujer rubia de senos duros y montañosos, de risa ancha y contorsionada, concentraba en su propia caricatura la forzada felicidad del “amor”, de aquel tipo de amor, el amor enlatado del nuevo IMPERIO, un amor paralizante, asfixiante, desalmado, un amor amoral, funcional, institucional, un amor objeto, pero de nada. Los cuerpos se acumulaban unos tras otros, nadie tenía nada que decir a nadie, las frases que se usaban eran parches. Eso era lo que permitía que la máquina del cuerpo funcionara. No pensar: progresar. No había sentimiento alguno, ni en el ‘te quiero’ ni en el ‘fóllame’; el sentimiento era algo decimonónico, un mal endémico de una edad que el gobierno había borrado. Ya no existía el “yo quiero”, “yo deseo”, “yo espero”. El cuerpo se instauraba en el presente, un presente de hierro, y el sexo era movimiento sin emoción. Eso aseguraba el funcionamiento de la gran máquina. Aún así, en las cumbres gubernamentales algo se desviaba del orden imperante, aunque todo el mundo olvidaba conciencudamente y eso no modificaba en nada al sistema. Los trenes del Amor hacían parada y entraban en unas salas oscuras donde hombres y mujeres con corbatas arrebataban los cuerpos amnésicos del peplum uno tras otro. Jadeos calculados, corridas sin viaje, penetraciones hacia ninguna parte.

Pasaron diez años y el IMPERIO seguía calculándose a sí mismo, regulando las entradas y las salidas, los nacimientos y las muertes. El gobierno, por ley, tenía el poder de modificar estos inputs y outpouts para restaurar el equilibrio del sistema. Por eso no era extraño ver remesas de recién nacidos partir hacia quien sabe donde, los viejos morir fuera de tiempo. Por aquel entonces yo seguía accediendo a las reclamaciones del gobierno, seguía siendo interceptado por su furia y deseo, pero no me ocasionaba ningún problema: olvidaba, matemáticamente, cada día olvidaba. Un día me llamaron para participar en una situación “de urgencia”, que llamaban ellos. Un coche se paró delante de mi puerta, entré, me taparon los ojos, llegué. De golpe me encontré en medio de una sala completamente iluminada, me desnudaron. Había gente, pero no se les veía la cara, me rodeaban en una especie de círculo, sentados detrás de una barra. Una puerta se abrió y entró una chica. Su expresión era diferente de todas las que había conocido a lo largo de mi vida dentro del IMPERIO. Estaba asustada. Nadie en el imperio se asustaba, todo el mundo había aceptado estoicamente la seguridad que daba el gobierno a cambio de entregarse completamente a él. Miraba al suelo, tenía en las mejillas un color rojizo, estaba avergonzada, casi no podía andar. La mandaron hacia el centro, a mí también. Era la primera vez que nadie me obligaba a nada, no había instrucciones, no había pautas. Estaba a un palmo de la chica más extraña, desnudos, sin más. Empecé a mirarla. Ella levantó los ojos, nos encontramos cara a cara. De golpe sentí una náusea enorme, aquella chica me estaba rebentando las entrañas, perdí el control de mi cuerpo, me mareaba. Ella debió notar algo porque me cogió la mano en un gesto que parecía indicar algo que no sabía. Susurró “tranquilo, no pasa nada”. Nos quedamos mirando otro rato, se notaba que un momento antes ella había estado llorando. Me puso la mano encima de su pecho, noté su corazón acelerado. Sus pechos rozaban mi mano, estaban calientes, a pesar de que ella estaba helada, acristalada, como a punto de romperse. Sentí otra vez la náusea, era su miedo. Su miedo provocaba en mí un terrible rechazo. Mi organismo estaba sufriendo convulsiones por dentro, los ojos se me pusieron rojos. Le puse la otra mano en el cuello, temblando. Los cuatro centímetros que nos separaban me parecieron un abismo. ¿Qué era aquello? Estaba sintiendo algo innombrable, algo que era más fuerte que el magnetismo de los ciclos, algo más completo que cualquier manual de instrucciones del IMPERIO. Miré sus muslos fuertes, la vi mirándome mirarla, me subió una oleada de calor desde los pies hasta el cerebro, estaba a punto de estallar. Y de golpe recordé que hacía muchos años había sentido, también, vergüenza. Era eso: vergüenza. Mi cuerpo estaba entregado, y, a la vez, preso del pánico. Para frenar esta sensación le puse la mano entre las piernas dura y cuidadosamente, ella me cogió por los brazos como si el suelo fuera a desaparecer, su boca quedó demasiado cerca de mi oreja. Noté un suspiro extraño invadir mi tímpano, y resonó por todos mis nervios abriéndome a algo inóspito e infinito, como un mar cuyo nombre era “deseo”. Ahí se quedó, tocando mi oreja. “Tengo miedo”, me susurró. Yo le dije “no te preocupes, todo va a salir bien”. “Entra dentro de mí y no me dejes”, me suplicó con un tono que rozaba el silencio. Entonces entré, concentrando todas nuestras corrientes interiores en aquel punto cero del cuerpo, anclados el uno en el otro como dos árboles que intentan echar raízes para elevarse hacia lo más alto y que encuentran en los ojos del otro la puerta hacia lo infinito del ser amado. De golpe una luz de neón empezó a parpadear emitiendo un sonido muy desagradable.

error del sistema. error del sistema. error del sistema

Volví a mirarla, ¡qué maravilla de mujer! La náusea inicial nacida del miedo a lo desconocido, se convirtió en una corriente de energía que desbordaba mi ser frente al cuerpo-espejo de ese Otro que, de tan concreto, devenía inabarcable. Entonces era eso, eso era el amor. Una puerta se abrió y entraron dos hombres vestidos de negro. Aún dentro de ella y sin apartar la oreja de sus labios, le dije “parece que vamos a morir de amor”. Y ella “parece que sí”. Y nos besamos como nadie en aquel mundo había hecho en muchos años y nos abrazamos, como si en lugar de ser la primera fuera la última vez. Y al sentir dos armas cargar la munición detrás de nuestras figuras le dije:
- Me llamo Pablo.
Ella aún temblaba con mi cuerpo abrazándola por dentro y por fuera:
- Me llamo Elena, P-a-b-l-o..., bonito nombre.
Añadí, escépticamente, aunque abrumado aún por nuestro encuentro:
- Parece que hemos llegado al final y casi no hemos empezado.
Lo último que escuché fue una especie de “pero en ese final hemos amado”. Dispararon hasta hundir todo el plomo en nuestra sangre. Fuimos, en los tiempos del IMPERIO, los primeros y los últimos, en morir de amor. Al cabo de un año, tres meses y siete días, el IMPERIO se derrumbó, aunque nuestra historia seguía llenando las bocas de la gente para animarse mútuamente y poco a poco a tomar el misterioso sendero del amor.

3 comentarios:

RW dijo...

Ingrid, me ha gustado muchísimo el corto de catenarias del youtube, la ropa tendida y esa música de fondo tan inquietante, parece que vaya a pasar algo pero no, no sucede nada y eso es un elemento sorprendente.
Tu entrada también es fabulosa, la leí esta mañana, me pareció que faltaba una h intercalada en inhóspito, pero no me hagas mucho caso.
Un saludo!

hiperboreana Ingrid dijo...

je, je, gracias RW por tus agradables comentarios sobre estos videos lynchianos pastoriles a menudo hechos demasiado atropelladamente (aunque siempre con amor)! siempre pongo H de más y H de menos...,je.
¡nos seguimos!
saludos!

Anónimo dijo...

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