domingo, 13 de mayo de 2007

CLOSED ROOM (desde Lugano, diario de viaje cerrado)



Imágenes de la habitación del hotel hechas desde mi amigo MAG

Sábado 5 de mayo
Llegas al hotel. Es de noche. Enciendes el ordenador. Miras un ojo que te mira, a falta de interlocutor simulas que él te espera. Disparas. Captura sin consecuencia más que la propia imagen. Captura sin muerte. Quizás la de un segundo fuera. Afuera los hombres beben su sueño a tiros. El silencio grita para quebrar sus huesos. Noche de verano con instante de paz. Si imaginas un instante la paz se muere y tú vuelves a empezar.

Domingo 6 de mayo
El ojo te espera. Repites. Estás solo. Otra vez tú. Y otra vez solo. Otra vez captura. De nada. Diálogo con el ojo y la máquina. Idiota música callada.

Lunes 7 de mayo
Licuas tu cansancio. Una montaña de horas bajo el párpado. Durante el día te invisibilizas en lo que ves, durante la noche en lo que te mira. En el mismo sitio a la misma hora. Te presentas donde ya no estás.

Martes 8 de mayo
Soñaste despierto sin llegar a despertar. Tranquila cena familiar a diez metros bajo tierra. Martes: dios de la guerra. Te niegas a pedir un segundo plato. Para apuntar su teléfono vaciaste los bolsillos quedándote sin nada, perdiste también la cara. Y el adiós que nunca llegó. Tampoco él, ni ella. Otra historia como cualquiera a la espera.

Miércoles 9 de mayo
Soñaste que te ibas, pero no tenías mapa para la conducción del miedo. ¿Quién puede cartografiar lo que crispa el alma? Te sientes mordido. Lo estás. Perdido. Otra vez. Tal como empezaste: sin saber.

Jueves 10 de mayo
Lectura en este valle sin libros. Lectura del afuera. Viento. Espalda. Árbol. El vestido roto del hombre. Espadas. Cruces en la noche. El error se duerme. Una paloma salvaje resume su día en tres sílabas incomprensibles. Tú imitas: “¿Cómo-sobrevivimos-a tanto frío?”

Viernes 11 de mayo
Llega la soledad en la habitación de hotel y mañana también. Eterna repetición de lo mismo. Le sigue el augurio. Quizás esta vez sea el bueno de verdad.

Sábado 12 de mayo
El día antes de coger otra vez el avión te coge por la confesión. Cantas a todas las veces inútiles que dijiste ser mordida por el silencio, que se esquinaba tu corazón, que tiritabas en el frío de un mediodía inmóvil. Todas las veces que calculaste desde el error el lugar exacto del verbo, el nombre que lo seguiría, la imagen que lo precedía, y lo llamaste poesía. Todas las veces que te despediste porque te ibas sin saber que eran los otros que precipitaban su huída. Todas las que intentaste mirarte el rostro sin darte cuenta de que toda tú estaba fuera del marco, excepto tu tristeza. Todo lo que escribiste como respuesta a un por qué y éste no apareció nunca. Todo esto y todo lo que perdiste por mirar siempre atrás dibujando puertas para creer tu propia historia, por no atreverte a decir cada cosa por su nombre en nombre de la verdad. Todos tus miedos que disfrazaste de comedia, y toda la comedia que te hizo perder la fe y la razón. Todas las disculpas que se te devolvieron a hachazos y todos los hachazos que no supiste perdonar. Todas las lecturas que pensabas que te volvían al mundo mientras el mundo te olvidaba. Todas las horas de aquel rincón solitario y tantas palabras para tan poca ocasión. Todos los sueños que amaste para que el amor tuviera lugar. Todos los lugares que volvieron poca cosa al hombre, y todos los hombres que encogieron la sinceridad. Lo aniquilaste todo por el ojo, menos el ojo que ahora llora en esta habitación de un hotel cualquiera. Sólo queda creer que el cansancio también se fue con todo ello, para poder decir algún día, que en lo más oscuro del mañana, brilla ya otra cima.

Domingo 13 de mayo
Apagas el ordenador. Cargas la maleta. Cierras la habitación del hotel. Guardas las libretas donde anotaste estas oraciones. Cargas la memoria. Apagas las oraciones. Guardas fragmentos de amor por lo vivido. Cargas, guardas y apagas la tristeza de no encontrar en ninguna parte algo que vivir de verdad. Plenamente. Aunque también este sentimiento de insatisfacción perpetua pasará. Todo lo demás, incluso esto, también lo perderás. Ahora te sientes más ligero con esta sensación de grata vacuidad. Delante de ti hay una carretera interminable por donde una música lejana cabalga. Es hora de volver a andar. Cierras la persiana, te quitas el pijama como si no estuvieras solo en la cama, ya estás soñando en tu tierra natal. Algún día otro regresará y escribiréis en la misma habitación una carta con amor a cuatro manos. Aún sigue en la punta de la lengua, a pesar de todo, el jodido ‘quizás’, aunque a cada muerte le siga el mundo entero.