martes, 21 de julio de 2009

FESTIVAL SURPAS 09



vine al festival que organitzem a Portbou del 3 al 5 de setembre
Entrada Gratuïta
www.festivalsurpas.org

domingo, 19 de julio de 2009

EL APOCALIPSIS DEFRAUDA


Decía Blanchot en La risa de los dioses que “el apocalipsis defrauda”. Esta sería la sentencia que resumiría la edición de este año de “Fast Forward. Emergentes de Italia”. El año pasado descubrimos un teatro minimalista, de factoría inglesa, escasa puesta en escena, diálogos naturales, humor, del negro y del más suave, verdaderos hallazgos en el campo del teatro. Este año han apostado por los “emergentes de Italia”, un teatro mudo hecho de efectismos tecnológicos y estéticos, sin historias, con personajes al límite de la psicopatología, con pocos argumentos más allá de la violencia y el dolor. Sólo pude ver cuatro obras, pero fue suficiente: Santasangre, La timidesa della ossa, A elle vide y Pietro. En las dos primeras la figura humana queda subyugada al aparato técnico o escenográfico, la figura humana desaparece. En Santasangre prevalece el software, un software que genera unas imágenes impresionantes en diálogo con una figura larvaria que ocupa el centro de la escena que queda oculta por unas paredes de cristal unidas por columnas. Más allá del caos, la muerte y la resurrección en un gesto mudo estrangulado por el ruidismo, el cristal y la música por ordenador, nada. Muy impactante visualmente, eso sí. En La timidesa della ossa los personajes se esconden detrás de una pantalla y sólo queda de ellos la sombra de sus huesos bailando encima de ella. Las imágenes que crean parecen sacadas del test de Rochard, otra vez el ruidismo electrónico como banda sonora, y la siniestra impresión que nace de lo amorfo, de las figuras imposibles de calcular, de reproducir, de entender. ¿Qué es eso? Esta pregunta va flotando en la experiencia estética que uno tiene de lo que va viendo. Pietro es un solo de danza completamente incomprensible, la música va por un lado (otra vez el ruidismo!), el bailarín, con sus gestos obsesivos de autista un poco crecidito, por otro, y la luz, finalmente, también va por sus propios derroteros. También en A elle vide la luz va por su propia cuenta. La música es la propia de una “rave” de cabo a ravo. Las figuras (un gallo rojo endemoniado vestido a la Caperucita y un escorpión blanco vestido a la María Antonieta) juegan a la violencia del gesto, ya sea exteriorizándolo (el gallo) o conteniéndolo (el escorpión). Y más allá de estas dos figuras extremadas y siniestras, nada más.

¿Qué queda de todo eso?

La sensación de que vivimos en una época donde el hombre ya no habla (los costes del subtitulado podrán justificar la pérdida de la palabra y con ello la pérdida de toda una esfera del arte, del conocimiento, de la representación de lo real?). El lenguaje, tanto de los cuerpos como el verbal, genera los lazos necesarios para que se dé la impresión de una comunidad. La lengua es, en sí misma, la potencia de la comunidad. Los cuerpos en movimiento son un resumen descriptivo de cómo una comunidad se mueve y organiza. Estamos ante un teatro donde sólo prima el efectismo de la máquina y de la destrucción moral del hombre a través de unas figuras enfermas y arrojadas a un mundo hiperindividualizado que brilla de impotente decadencia y caos creciente. Si el teatro es un espejo deformado de lo real, pero al fin y al cabo espejo (cueva de Platón), ¿a qué espectáculo de realidad estamos asistiendo en nuestra vida cotidiana?¿qué época se nos viene encima? Si este es el teatro que vendrá, podemos prepararnos en nuestras vidas para el apocalipsis más sonriente con nuestras galas más excéntricas y nuestro solipsismo más refinado. En un mundo así ya no hay posible catarsis, ya no hay protagonista que muera en nombre de ninguna comunidad; está, eso sí, un cierto carácter regresivo hacia lo más primitivo, quizás “el retorno a la tribu” del que habla Eloy Fernández-Porta. Está el instinto, per falta la tribu. La tragedia de este Dies Irae ahistórico que se presenta con las obras, es la falta de tragedia. Nietzsche decía que detrás de una máscara había otra máscara. Ahora, podríamos decir: “¡señores, sólo hay máscara! y detrás de ella: el vacío”; aunque se intente disimular con escenas de caos o de repetición, la máscara sigue escondiendo el vacío y no hay nadie ni nada que pueda colmarlo. En eso quizás también se hayan convertido nuestras vidas, la vida de los hombres que habitan detrás de las pantallas.

Al salir del teatro nos encontramos con las fiestas populares del Barrio del Raval y del Poble Sec. Aquella frescura, aquel jolgorio, aquel reunirse la gente con sus contrarios tan harmoniosamente, aquel baile imparable, terminaron por remitirnos aún más al sin sentido en el que nos había dejado el teatro de la vieja capital del arte y la moral. El baile terminó borrando simpáticamente sus huellas.