jueves, 3 de diciembre de 2009

la gravedad y la gracia o ¿por qué los principia mathematica de Newton no sirven para ilustrar la Educación Sentimental de Flaubert?





La gravedad es la fuerza teórica de atracción que experimentan entre sí los objetos con masa. O lo que es lo mismo:

F = ma

donde la fuerza es el resultado del producto de la masa por la aceleración.

P = mg

Cuando se trata de la fuerza «peso», esta aceleración se designa por g y se le llama aceleración de la gravedad.

La Ley de la Gravitación Universal de Newton establece que la fuerza que ejerce una partícula puntual con masa m1 sobre otra con masa m2 es directamente proporcional al producto de las masas, e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa.

según las leyes de Newton, toda fuerza ejercida sobre un cuerpo le imprime una aceleración.

Según Einstein, la "fuerza de la gravedad" newtoniana es sólo un efecto asociado al hecho de que un observador en reposo respecto a la fuente del campo no es un observador inercial y por tanto al tratar de aplicar el equivalente relativista de las leyes de Newton mide fuerzas ficticias dadas por los símbolos de Christoffel de la métrica del espacio tiempo. O lo que es lo mismo (que yo lo anterior no lo entiendo): la interacción gravitatoria se entiende como una deformación de la geometría del espacio-tiempo por efecto de la masa de los cuerpos; el espacio y el tiempo asumen un papel dinámico.


No sé por qué tenemos miedo si se desconoce el origen (¿qué había antes del Big Bang Bang?) y el destino del Universo, el cual es, en su mayor parte, materia oscura. No sé por qué tememos caer, si todos lo hacemos a la misma velocidad: a 9,8m/seg. Aunque, lamentablemente, nunca hacia arriba.

martes, 1 de diciembre de 2009

CINE&MÚSICA


Pues eso, entre otras cosas, es a lo que me refería. "Jockey full of Bourbon" de Tom Waits dando la entrada a la película Down by Law de Jim Jarmsuch.

Y también a eso:

lunes, 30 de noviembre de 2009

MÚSICA&CINE


escena de Blue Velvet-canción: Roy Orbison

Cuando éramos pequeños nos quedábamos embelesados mirando el calidoscopio indomable de los musicales, nos colgábamos de sus frases (“when we’re out together dancing cheek to cheek”, “I’m singin’in the rain, na-naaa-niranona…”), nos escapábamos a Brigadoon sin ansias de volver, conocíamos New York, las luchas de príncipes y princesas coronados, tronados y destronados en un rapto del serrallo sin fin. Éramos pequeños y no nos importaba que alguna de las películas, tal como pasa con los cuentos, cerraran con la moraleja de turno: la película siempre empezaba y terminaba en su melodía, en sus gestos, en sus formas mutantes. Los personajes apenas se podían besar, puesto que estaban todo el día cantando, pero cuando se paraba la música, aquello era un de profundis completamente esperado, incluso para un niño. Llegaron los grandes compositores musicales y la música salió de la trama para florecer en la psyché del espectador con las inundaciones de John Williams, Ennio Morricone, Bernard Herrmann, Jerry Goldsmith o el tierno de Nino Rota. Cuánto bien que le ha hecho la música a la imagen, “música para los ojos” que decía Debray, a pesar de que el cine nació mudo (al fin y al cabo como los hombres que nacemos ruidistas, crecemos cantarines y morimos en el silencio más calmo). Últimamente los documentales sobre músicos abundan (Joy Division, Dream of horses, I’m your man y un largo etcétera que el In-edit Beefiter puede rendir justas cuentas), quizás porque, por un lado la muerte va alcanzando nuestros mitos a paso de gigante y, en segundo lugar, porque hay un alud de nuevas bandas que han llegado fácilmente a la población media a través de circuitos como Internet con los portales de redes sociales como Myspace. Pero yo quería hablar, en realidad, de algunos momentos memorables de esta historia de amor entre la imagen y la música. El último ha sido The limits of Control, última película de Jim Jarmusch, que hila su banda sonora con Boris, un buen grupo de postrock (por llamar de alguna forma la música de guitarras eléctricas que crean paisajes sonoros a partir de la diferencia y la repetición). Jarmusch ha sido el gran potenciador de la música en sus películas, de los cohetáneos, de los amigos; Tarantino (por citar otro grande), en cambio, hace juegos de magia con sus bandas sonoras, aunque de artistas, muchos de ellos, ya retirados, como la gran Dusty Springfield, entre muchos otros. Jarmusch pone en Juego a Neil Young en Year of the horse, pone en juego también a dos grandes músicos, Tom Waits y John Laurie, y le da la batuta al mismo Neil Young para componer la banda sonora de Dead Man: aquellas cinco notas que prolongan el tema principal tienen tanta fuerza como las cinco notas que servían para el tema principal de Mozart en la primera sinfonía que compuso cuando tenía 7 años, notas que se volvían repetir en su última sinfonía, la Júpiter, muchos años después. ¡Ah! Milagros de la vida, tan concreta ella, a veces, que se escapa por el desguaze y termina en el universo. También Louis Malle le dio el tema principal de L’ascenseur pour l’échafaud a la pantera negra que podía emitir “miles de tonos” (según lo tituló en un disco), Miles Davis. Otro bestia que tiene su relación con el cine es Nick Cave, Wenders lo escenificó en El cielo sobre Berlín. Luego él, junto a Warren Ellis y algunos otros miembros de los Bad Seed ha compuesto bandas sonoras tan increibles como The Proposition, The Assassination of Jesse James o The Road. Wim Wenders, por otra parte, ha demostrado tener un gran talento musical con bandas sonoras como la que Ry Cooder compone para él en París-Texas (de un minimalismo cristalino que multiplica la imagen) y produciendo documentales como Buena Vista Social Club o Soul of a men. En su malísima última película, Palermoo Shooting, como mínimo uno puede gozar de las canciones de la Velvet Underground (cuando aparece el fantasma de Lou Reed –Wim, que aún no está muerto hombre-), de Calexico, Beirut o Bonnie Prince Billy. Ahora sí que me voy acercando a lo que quería hablar. Otros grupos han quedado escenificados (Bauhaus cantando Bela Lugosi is dead en El Ansia), otros cantantes han pasado a la pantalla (David Bowie o Kim Gordon). Wong Kar Wai construye en My Blueberry Nights (muy floja para los que nos congregamos al evangelio de In the Mood for Love) una excelente banda sonora con mujeronas de la talla de Cat Power o Cassandra Wilson, la misma jugada hace Sofia Coppola en Lost In Translation con temas de My Bloody Valantine o el It’s like honey de Jesus & Mary Chain. Y también hay películas de las que sólo quedan un par de canciones como My Girl o Dirty Dancing (sí, también crecimos viendo Dirty Dancing y escuchando los vinilos de Serrat). En estas dos películas de Sofia Coppola y de Wong Kar Wai los personajes se besan igual de poco que en los musicales que veía de pequeña (hay algo de puritano en la última película de Wong Kar Wai, o quizás es simplemente Norah Jones), pero aquellos parecían más felices, no se quedaban mirando detrás de las cristaleras llorando por dentro y por fuera, temblando de frío, de miedo o de soledad, sino que viajaban a través del espejo, como Alicia, cantando: It's like honey…

The Matadors