domingo, 13 de febrero de 2011

TRUE GRIT dels germans Coen


Fantàstica pel·lícula, us deixo amb la crítica d'Àngel Quintana

En el reino de las sombras
ÀNGEL QUINTANA

Al inicio de La noche del cazador, el predicador Harry Powell –Robert Mitchum- con su negro sombrero de ala ancha y su lazo en el cuello afirma: La Biblia está llena de asesinatos. El eco de esta frase resuena en las primeras palabras de Mary Ross, la niña de catorce años que actúa como voz narradora de Valor de ley. Después de contarnos los motivos que la han llevado a Fort Smith, Mary constata que a pesar de que Tom Chaney, asesino de su padre, se considere un hombre libre nada es auténticamente libre excepto la gracia de dios. Mary Ross es una chica temerosa del mal, que cree en el poder liberador de la gracia, sin embargo todas sus creencias tomaran otra dimensión cuando penetre al otro lado de la frontera y conozca sus parajes más tenebrosos. En el reino de las sombras, la niña comprenderá que a moral americana articula los mismos principios de la vieja ley del diente por diente establecida en el Antiguo Testamento. La violencia forma parte de las raíces de la civilización y su visión frontal es el paso que permite el ingreso en la edad adulta. La libertad no surge de la gracia, sino de la perdida de la inocencia.

Cierta literatura americana, en un amplio periplo que va desde Mark Twain hasta J.D. Salinger, ha utilizado el esquema del relato iniciático para forjar el mito del posible renacimiento del nuevo individuo americano. El acto de renacimiento se produce entre la infancia y la adolescencia, después de haber abandonado la civilización, de haber conocido el universo salvaje de la frontera y de vencer el miedo a lo siniestro. Huckelberry Finn se fuga para no dejarse civilizar. En su periplo encuentra su refugio junto al río salvaje, conoce al esclavo que quiere liberar, toma conciencia de la crueldad y recurre a los principios pragmáticos de una moral que se contrapone a los destinos de la ley. El individuo americano no es quien acata los valores del orden impuesto desde Nueva Inglaterra o la moral protestante de la Gilded Age, sino quien se mueve entre la frontera y la civilización. Valor de ley de los Hermanos Coen no es una simple historia de venganza, ni un western crepuscular sobre un viejo marshall borracho, sino un relato mítico sobre los fantasmas de la infancia que engarza con la tradición americana del relato fronterizo. La película cuenta una fabula de regeneración/renacimiento a partir de la crónica de un tránsito por el lado oscuro de una frontera convertida en territorio de lo bárbaro y lo salvaje.

Los Coen retoman la estructura literaria de la novela original de Charles Potis, construida a partir de la evocación adulta, en primera persona, de un camino iniciatico. No se trata de articular un relato nostálgico o crepuscular sobre un mundo perdido, sino de demostrar, desde la madurez, como para poder llegar a la vida adulta es preciso transitar por el mismísimo infierno, poner la inocencia en relación con el mal, observar frontalmente la crueldad de la noche y atreverse a crecer en contacto con las tinieblas. Como la mayoría de películas sobre los fantasmas de la infancia, la muerte del padre biológico implica el deseo de construcción de un padre simbólico. Dos imágenes primigenias marcan el inicio de Valor de ley. La primera es la visión frontal del cadáver del padre, la segunda es la ejecución de unos proscritos. La visión del cadáver del padre es la puerta hacia la vida adulta de la niña, mientras que la visión de la ejecución permite tomar conciencia de la existencia de un espacio primitivo en que la muerte marca el pulso de lo cotidiano. Para renacer es preciso viajar por ese mundo tenebroso y para desplazarse es preciso encontrar un guía que este dotado del poder de la ambigüedad moral. El compañero de viaje debe ser una criatura demoníaca capaz de alterar su reposo pero cuyo poder de seducción acabe generando cierta admiración en los sueños de la infancia. El cine no ha cesado de mostrar la fascinación de esta relación. El joven John Mohune de Los contrabandistas de Moontfleet (1955) de Fritz Lang encontró al ambiguo aventurero Jeremy Fox, los niños de Viento en las velas (1965) de Alxander Mackendrick crecieron junto a los piratas de Jamaica y el joven Philip de Un mundo perfecto (1993) de Clint Eastwood se debatió entre la atracción amoral por su secuestrador y la promesa del bien.

Rooster Cogburn –Jeff Bridges- es esa criatura demoníaca que guía y atrae a Mary Ross. El viejo marshall puede ser visto como el clásico ser fronterizo. Su mundo es el viejo territorio indio, su única moral es la ley del talión, su conducta es ruda, su lenguaje se articula mediante ininteligibles sonidos guturales. Cogburn sabe moverse a la perfección por las tinieblas de un entorno agresivo, es el guía perfecto para conocer lo siniestro pero es también el sustituto del padre ausente. Para llevar a cabo el viaje de iniciación que le permitirá renacer, Mary Ross debe ser bautizada –atravesará el río fronterizo a caballo- y deberá pasar por una serie de pruebas físicas y morales que le ayuden a encontrar al ogro malvado, el asesino del padre.

Los Coen filman el paisaje como si fuera ese siniestro bosque frondoso de los fairy tales, del que surgen todas las pesadillas de la infancia y por el que el hombre de arena, que según ETA Hoffman amenaza nuestro universo familiar, se reencarna en diferentes seres misteriosos. En los páramos salvajes, el viento trae malos augurios; las serpientes están al acecho; los árboles no dan frutos ya que de ellos cuelgan cadáveres putrefactos; los indios son maltratados por los blancos y los cazadores furtivos surgen como figuras arcaicas abrigadas por la piel de un oso. El paisaje es amenazador pero nunca adquiere tonalidades góticas. Al final del camino debe surgir forzosamente el ogro. Mary Ross que ha aprendido las normas para sobrevivir en ese mundo tendrá la extraña misión de matar al ogro, un ser maloliente y de mirada furtiva que asesinó su padre. Los Coen reconvierten en la parte final todos los paisajes mentales del terror infantil. La muerte del ogro es el único camino posible para renacer. Antes la niña tendrá que caer en el abismo de la cueva -el útero materno-, deberá sentir la muerte en manos de la máxima encarnación simbólica del mal –la culebra satánica-. Para volver a vivir deberá ser acogida en el regazo del nuevo padre y caminar junto a el hacia la resurrección, representada por tibia una luz hogareña que brilla en la oscuridad.
En el epílogo, Mary Ross regresa al reino de las sombras veinticinco años después. Los seres dionisíacos han sido domesticados, la memoria del mundo salvaje se organiza en torno a la leyenda. Ante las tumbas de los viejos héroes suenan las notas de un inquietante canto religioso, Leaning on the Everlasting Arms. Es el mismo canto que el ogro Harry Powell entonaba en La noche del cazador para atraer hacia sus criaturas a su tramposo regazo. Gracias a ese viejo cántico, la mitología de los relatos fronterizos de iniciación y la del western acaban firmemente enraizadas