miércoles, 3 de agosto de 2011

LA BANDA SONORA DE GANDULES’11

La música es lo que queda cuando no queda nada, un chasquido de dedos, un repercutir el corazón, el zig-zag de los pasos, un grito a tiempo y el tararear las últimas palabras, solo o acompañado, da igual, el mundo hila su banda sonora con su simple presencia móvil (E puor, si muove!, que diría aquel). En Gandules’11 queremos ofreceros una selección musical que acompañará las sesiones una hora antes de las proyecciones de las películas. El encargo se ha hecho a Kiko Amat, Gerard Casau y Fran Gayo. Sus selecciones entran en diálogo con los filmes, pero también con sus propias biografías y su particular visión del dinero y la acción (la necesaria acción a la que la crisis obliga), que es el tema de Gandules’11. Una programación que nos habla de la crisis económica a través de diferentes historias y de cómo transformar la falta en acción.

Semana 1

Kiko Amat hurga en su colección de vinilos y nos rescata una selección maravillosa que pasa por el espíritu de las juventudes airadas que van desde medianos de los años sesenta hasta el final de la Guerra Fría. De hecho, estos son los temas con los que se reviste el soul, el R&B, el rock y el punk de la banda sonora que ha bordado Kiko Amat para Tokyo Sonata: el thatcherismo, la política de derechas, la crítica social, el poner de relieve los temas que afectan a los jóvenes, etc., ítems que pueblan nuestra agenda cotidiana, y más desde que la vieja Europa se ha cimentado en la derecha política como un refugio a las crisis económicas y sociales. Los primeros EP’s de bandas de carácter anarquista como los Zounds o el punk-poet irlandés Patrick Fitzgerald que rehúsa el optimismo del “realismo económico” que pretendía Thatcher. Cercanos a estas atmósferas, está el “rincón de los perdidos” (Losers corner) de la banda británica The Claim o el “blues de la clase media” (Middle Class Blues) de The Barracudas. La voz de Dan Treacy de Television Personalities, como un cristal brillando en el culo de una botella, resume la historia de una generación perdida entre amenazas nucleares (ver How I learned to love the bomb), paro en masa y políticos con síndromes inclasificables que abogaban por sembrar el terror (y aún seguimos en la tesitura) antes que velar por los ciudadanos: “Once there was confidence but now there is fear, Once there was laughter but now only tears. Once there were reasons for our optimism, but now we're all drowning in a sea of cynicism, but I hope and I pray in my own naive way, that one day we can reach some sort of understanding. Try a little more sharing. Try a little more giving. Might find a sense of belonging”. Ante esto sólo hay dos respuestas posibles: o el delirio feliz de The Art Museums con su S.H.O.P.P.I.N.G. o el cinismo electrónico de Steven Brown (miembro de Tuxedomoon) con su mesiánica e irónica In praise of Money donde el amor nace del aburrimiento y el dinero lo precede todo. Otra opción sería “desafiar la ley”, como nos proclaman los escoceses The Orchids o “robar un banco”, gran canción de The Pop Group que formaba parte del álbum “For How Much Longer Do We Tolerate Mass Murder?”. Cabe recordar del grupo la portada del disco “We are all prostitutes” con una Margaret Thatcher algo diabólica. La selección también cuenta con el soul en la línea Motown de Chuck Jackson, el R&B de The Downliners Sect, el folk harmónico de The Johnston o piezas de varios “cantautores” británicos como Herzfeld con un título tan explícito como Do you want this job or not?, Frankie Stubbs Plebs o Anne Briggs, así como el rock de The Chills (hermosa banda de Nueva Zelanda) o The Celibate Rifles (de Australia). Finalmente topamos con una canción más conocida por sus versiones que por ella misma, Left in the dark, que sería algo así como lo que debían sentir las juventudes de mediados de los años setenta y de la década de los ochenta: que la libertad que habían vivido sus padres se había quedado en un rincón oscuro de la historia y que otra historia, la que había cambiado la utopía por la paranoia, el amor por el dinero, el pan por el petróleo, empezaba.

En The Go Between se mezclan las luchas de clase con las pasiones amorosas, y así lo refleja la banda sonora seleccionada por Kiko Amat: hombres y mujeres que se van mientras otros se quedan solos, amores rotos, con ansias de ser olvidados, amores bañados en espinas, encontrados en ellas. Estamos ante una selección más lírica, donde los títulos de las canciones podrían ser el resumen perfecto de una sola historia; algunas historias contadas por boca de ellas: la frescura soul de Laura Nyro o la sed de amor (“cuanto más mejor”) de The Go-Go’s, una de las primeras bandas de chicas que debutaron con un álbum titulado Beauty and the Beat, toda una declaración de intenciones; pero son sobretodo ellos los portavoces de la desesperación amorosa y de clases. Del grito de traición de Jah Wobble con su base emparentada con el reggae, al confort del “amor secreto” cantado con todo el soul del mundo por Billy Stewart, pasando por el “adulterio” de la banda escocesa de post-punk Scars, donde la guitarra suena como una auténtica “cicatriz”, la misma que despiertan The Beat o Tranzmitors (en este caso, la cicatriz tiene su origen en la fractura social). Kiko Amat también ha incluido las historias que quedan cuando no queda nada, el resoplar de la nostalgia a base de congas lejanas, pianos mareados y saxos ocasionales en la canción Nostalgia de Weekend, música de alcoba con vistas al exterior, algo vacía, eso sí. Hay amores que mejor soñarlos, éstas son las historias de raíces surrealistas que salen de la voz de MacLean’s, el cantante de The Clientele, o de The Decembrists, inspirados siempre por la historia y la revuelta (la rusa del XIX, eso sí). También hay lugar para el rock azucarado (The Lilac Time), el lirismo de los 80’s (Brilliant Corners o The Housemartins) o la vuelta a los 60’s con un grupo catalán reivindicado por Amat, Els Xocs (nada a envidiar a lo que se hacía fuera), el pop barroco de The Left Banke o el “hitazo” I never Loved Her de The Starfires. Ben Watt aparece con una canción en solitario antes de formar Everything but the girl: Thirst for knowledge. Caramba, cuatro acordes y una voz (casi de mujer) pidiendo disculpas por las mil y una cosas y no soportando la idea de que alguien toque a la mujer que ama, incluso antes de conocerla. ¿Puede todo lo que es psíquicamente tan complejo, devenir musicalmente tan simple? Lo simple colma, a veces lo simple es lo que se ve al subir la cumbre de la montaña, a veces, todo este montón de palabras no es más que las runas de una punzada en el corazón en un momento dado e intermitentemente olvidado.

En Vivre sa vie, Anna Karina ve a María Falconetti quemar en la hoguera ante los ojos piadosos del monje interpretado por Antonin Artaud, y llora con lágrimas de chica de clase baja ante su propio reflejo, ante la evidencia de que lo único que no le será arrebatado es el sueño (como en la canción de Comet Gain), a veces, incluso él, insoñable. Cuando las cosas no son como se esperaba y la decepción ha puesto su punto y coma en todo, entonces no hay nada qué perder. Kiko Amat lo sabe y recurre al escepticismo que se colaba en la mayoría de las canciones de bandas de pop y rock de los 90’s y a la ensoñación del soul de los años 60’s. Las melodías suaves de Illa Carolina, y las impresionantes voces de Lulu y Alice Clark (ambas de raíces soul) nos lo advierten: “ya no me importa nunca más”, “no te importa” y “miramos directo a los ojos, no tenemos miedo, porque no tenemos futuro”. The Halo Benders, sonando muy cerca de The Go Betweens (anteriores), también en la selección, tararean lacónicamente la velocidad a la que viaja el amor, tanto en su camino de ida, como de salida. Pero siempre nos quedarán las dilatadas tardes de verano para ensoñarse con el amor a través de la “gran mentira” de Gene Chandler o “durmiendo durante el día”, como nos canta el gran compositor de canciones Jimmy Webb. Finalmente Kiko Amat se inspira en Nana, el personaje interpretador por Ana Karina, con toda su gestualidad que pasa por el baile fresco y espontáneo, por la tristeza del sexo de compra-venta y el deambular sin sentido a partes iguales; todo ello lo ilustra con el bluegrass de The Dillars, el folk de Barry Dranfield, el punk-rock de The Stepmothers o la electrónica suave de The Orchids. Como decían los Burning: “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?”

Semana 2

Gerard Casau construye, o mejor decir, reconstruye, las imágenes de Children of the Beehive a través de la música, cual paisaje mellizo; uno es capaz de aprehender la tristeza, el ardor, el cansancio y los deambulares de los protagonistas de la película a través de las melodías de los artistas japoneses del siglo XX que Casau ha seleccionado, junto a las composiciones de Nino Rota. Japón es un país extraño, tensado entre Oriente y Occidente, impenetrable, pero capaz de absorber todo lo que viene de fuera de su país; lo vemos en la canción de Misora Hibari, una de las representantes del estilo Enka, como Carmen o como salida del Bolero de Ravel, se mezclan en ella los sonidos tradicionales japoneses con las melodías occidentales; lo vemos también en Ishihara Yuujirou, más cercano a Sinatra que el propio Sinatra. Con gran acierto, Casau introduce en este contexto japonés la música de Nino Rota (compañero infatigable de oficio de Federico Fellini): toda ella delicada, y simpática y lacónica a partes iguales; las composiciones de Nino Rota empiezan como si vinieran de lejos, como si llevaran horas sonando en alguna fiesta de pueblo con personajes extravagantes (cada pueblo tiene los suyos), sin duda ya terminada, donde sólo quedan los que no quieren ni que el día se acabe, ni que otro vuelva a empezar.

Para tejer la atmósfera de 35 Rhums, Casau ha programado una banda sonora de canciones que reflejan los encuentros y desencuentros entre desconocidos por conocer y conocidos por olvidar, colisiones sutiles, entre visillos, por las esquinas de muchas medianoches sin amaneceres; en la Rue de Marais cantada por Dominique A, entre las teclas del piano que acompañan a Jacques Dutronc, en la noche tardía de Lloyd Cole, en la desesperación callada y serena de American Music Club (“my home is in your hands”) o Low (con su Closer), o bien en las voces femeninas de Jane Birkin que, como con una voz casi de niña, canta la pérdida del personaje en la nueva Babilonia (Baby alone in Babylone) o de PJ Harvey interpretando The Mess We’re in de Thom Yorke. Daniel Darc nos hipnotiza con su voz recitativa para que podamos creer aún en el amor, aunque nadie haya salido ileso, y Leonard Cohen, con cierta alegría y la sabiduría que viene de Johnny Walker, ve el momento de cerrar la barraca, también de la belleza que lo acercaba al (su) amor. Buenas noches pues.

Foreign Parts retrata a personajes que son capaces de encontrar sus momentos felices en los pozos más negros de Nueva York (ese Nueva York que Lorca delineó en su poemario, como un auténtico inmigrante de la realidad concreta que se encontró allí). Casau orquestra su perfecta banda sonora: desde la “rapsodia azul” de Brian Wilson, a modo de aliento inquebrantable, el buen feeling de los ritmos afroamericanos alimentados desde el Harlem de Joe Bataan y de Tony Middleton & Bobby Matos, acompañado de airosas trompetas su alegre retorno al “Harlem Español”. Pasando por el rap de Brooklyn de Gang Starr, llega la oscura y reveladora voz de Gil Scott-Heron, al que Nueva York, esta “ciudad sin sueño” que cantaron magistralmente Enrique Morente junto a Lagartija Nick, lo está matando. Por el cielo de Nueva York no duerme nadie y “el Señor” ya no ha está a tiempo de darle la gracia ni a Gil Scott-Heron, ni a Morente, agraciados sean ambos en nuestra memoria, grandes poetas que cantaron a Nueva York (como lo hicieron Patti Smith, Lou Reed y Sonic Youth –también en la selección-) por los siglos de los siglos que vendrán, amén.

Semana 3

Fran Gayo, un veterano en la elaboración de bandas sonoras para Gandules’11, ilustra Le cercle Rouge, The Exiles y The Booth Factory con grandes dosis de eclectismo, belleza y atino. Gayo mezcla siempre las tonadas populares, los cantautores de aquí, pero sobretodo de allí, el rock&roll en y a través de su historia, piezas instrumentales de raro tallo y es capaz de armonizar, por ejemplo, la música clásica con el punk (y muy bien, por cierto).

En Le cercle rouge descubrimos a Cat’s Eyes, un dueto formado por una soprano y un multi-instrumentista, a Danger Mouse (DJ y productor musical imparable y versátil), a maestros de las bandas sonoras como Alessandro Alessandroni & Nora Orlandi, Eric Demarsan o Ennio Morricone, las canciones del poeta y músico anarquista Leo Ferré o las tristes baladas de la uruguaya Lágrima Ríos.

En The Exiles, Gayo recupera de lo mejorcito de la música de la época y lugar en los que está ambientada la película. Relatos de partidas y desplazamientos, emigraciones, como el que podríamos encontrar en la historia del blues. Desfilan en la selección el blues y R&B de la voz ruda y cortada de Big Mama Thornton (nacida, como no, en Alabama) o de Chuck Willis, los relatos de Nova Orleans de Fats Domino, el country de Eddie Cochran o Johnny Cash, el rock&roll de Bo Didley (uno de los grandes compositores de toda la historia del R&R) o Buffalo Springfield, el rockabilly de Glen Glenn o de Gene Vincent para llegar a los infalibles Tom Waits y Neil Young. Un privilegio de itinerario a través de la música que ha vestido a lo largo de décadas esos extensos terruños llamados Norteamérica.

Podríamos decir que la historia de The Booth Factory conlleva su propia banda sonora a base de punk, anarquía, drogas, suburbios, fiestas y Cracovia; pero Fran Gayo ha encontrado su otra posible banda sonora que empieza y cierra con el Romeo y Julieta de Prokofiev y crece, como un soufflé, a base de los ritmos de las mejores bandas de punk-rock de la historia: The Dictators, Generation X, los Buzzcocks, The Clash, The Damned, Angelic upstarts o los Dead Kennedys. Y al final: la suave melodía de los enamorados, Romeo y Julieta, antes de partir. Siempre nos quedará la música para volver a aquel momento donde todo, incluso la tristeza que precede a toda separación, era posible.

Podéis escuchar la banda sonora de Gandules’11 de 21.00 a 22.00h cada martes, miércoles y jueves de las tres primeras semanas de agosto en el CCCB, entrada gratuita