miércoles, 13 de junio de 2012

DIÁLISIS PRIMAVERAL: apuntes en primera persona sobre el Primavera Sound

(el original en VENUSPLUTON!)
 
Anámnesis 

Debo admitirlo: a medida que pasan los años para el Primavera Sound y veo avanzar el programa, más se filtran en mí vacíos clamorosos, agujeros de gusano en donde se cuelan los nombres de muchos grupos a los que poco conozco. Un festival, y este lo cumple, es el lugar donde enamorarse de bandas nuevas, donde dejarse las pieles con los grupos de cabecera, las huellas en las barras y las colas y el sueño para el último metro. Un festival no debe ser el eje a partir del cual gira toda una ciudad a lo largo de diez días, como si de un parque temático se tratara, tan feliz como Walt Disney en su máscara de hielo, eso no. Hace ya un año del Primavera que nos espejeó la masa de los 120.000 asistentes del Fórum frente a la masa de los indignados de Plaza Cataluña, donde fuimos como balas para amortiguar las balas de los “hombres de Harrison” que Felip Puig mandó para desalojar la plaza de la forma más violenta posible. Es triste comprobar, un año después, que la agresividad de los Mossos, estos “Terminators de polígono”, ha seguido por la vía regia del puño de hierro a toda costa. Y de todo esto hace ya un año y sigue la flor abierta. También hace un año de la edición más emocionante a la que he asistido nunca del Primavera Sound, el año en que Jarvis Cocker se puso de parte del pueblo llano homenajeando el 15M con su Common People, en que Alan Vega y Steve Albini, Glenn Branca y Nick Cave, Dean Wareham y John Spencer, nos emocionaron hasta lo impronunciable, hasta el punto de que a partir de ahora ya sólo se podrá vivir el Primavera Sound desde la nostalgia de lo que fue aquella edición, desde el “sí, pero en el 2011…”. Los hombres buenos no van al cielo, fueron a aquel concierto de Einsturzende Neubaten, los que estuvimos allí juraremos frente a los escépticos y los infieles que lo que no pueda unir Blixa Bargeld, no lo podrá unir ni hombre ni dios alguno.

Datos 

Si un par de cosas se pueden destacar de esta edición es el eclectismo y la heterogeneidad de las propuestas, el acercamiento a otras “tribus urbanas” a partir del spoken word o de la música de raíces africanas (Weeknd, Afrocubism, Bombino) y de la música de tintes oscuros como las propuestas de Mayhem y Napalm Death. Siguen los “equipos” locales programados a la hora en la que arranca la máquina, la hora de los toros, de la siesta, del ardor sobre el asfalto, de las pieles rojas y la cerveza caliente. Grupos como Pegasvs, La Estrella de David (sólo por haber hecho Cuando te deje ya merecerían nuestra atención), Animic, Atleta (los ex 12Twelve), Cuchillo, Beach Beach o Bigott, tuvieron que sufrir la hora del “pistoletazo”. Y siguen las cifras imposibles de soportar in situ: la organización calculó en 150.000 la asistencia de este año, aunque los que estuvimos pudimos disfrutar, esta vez sí, de espacio, aparte de la música, con lo que lo de las cifras, en cifradas se quedan.

Veteranías

El jueves la organización montó una alineación de marcador asegurado basado en la veteranía y el buen hacer: la experimentación controlada de Lee Ranaldo (Sonic Youth), el sonido amable de Wilco, la fanfarria de sobremesa de Beirut (exquisitos, pero algo soñolientos, aunque menos que The XX), la diversión asegurada de Franz Ferdinand, la metralla de Refused, el gospel elécrico de Spiritualized, el caminar hipnótico y sensual de Bombino para dilapidarlo con el torbellino de Japandroid.

Uno de los conciertos de la noche fue el de Refused, la banda legendaria de hardcore sueco que dejó a todo el público con la boca más que abierta con un inacabable repertorio y con un directo demoledor. ¿Cómo hacen lo que hacen? Imposible desentramar el misterio de una música tan directa a las entrañas y a la vez estructuralmente tan compleja. Dennis Lyxzén, elegante y catalítico líder de la banda, siguió profiriendo sus discursos anti-capitalistas de siempre, paradójico cuando se rumorea que se les pagó un caché de lujo y que el único motivo que les ha llevado a reunirse después de quince años es el “money-money-money”. Chi lo sá.

Bombino bascula entre el blues, el rock y la música tradicional del Tuareg. Bombino, sin alagos de frontman, con toda la carga y talento musical encima, nos dejó electrificados con su gran feeling (más efectivo de cintura para abajo) y con los voltios necesarios para entrar y perdernos con Spiritualized.

Jason Pierce llegó con toda la banda, respaldado con un coro de voces negras. Jason Pierce (el hilo argumental de Spiritualized, pues es el único que ha estado en toda la historia del grupo) se aleja, no en cuerpo, sino en alma, del público como un pájaro que emigra cargado de frío emocional, como un cuerpo que se exhuma en su última hora y se adentra en su propio interior para sacar una de las voces con menos registros, pero también una de las voces más afectivas y efectivas del “planeta rock” ¿qué de lo que canta no es bello e hiriente, salvífico y demoledor? ¿Tanto habrá copiado sin querer Nacho Vegas? Spiritualized dieron “el” concierto de la noche. Empezaron con un registro más cercano al Gospel, ese Gospel al que muchos toman como punto de final de línea o como parada en el camino (Leonard Cohen, Nick Cave, Mica P. Hinson, Johnny Cash…), mezclaron temas nuevos con los hits de su inolvidable disco “Ladies and gentlemen…we are floating on space”. Mi amiga estuvo media hora con los pelos de punta, mi amigo aplaudía incrédulo ante lo que veía, yo estaba a salto de lágrima, la gente, andaba completamente emocionada y entregada al viaje, al sueño al que nos invita Pierce, Pierce rompía parte de su guitarra y tiraba los amplificadores: fin de la fiesta. Si alguien dio la misa que necesitábamos en el Primavera, este fue Spiritualized como vaticinando la proclama que hoy ocupa todas las portadas de los periódicos: “perdónanos, señor, porque seremos rescatados, Ella será rescatada y eso no va a cambiar nada”. No en balde su último disco se llama “Dulce corazón, dulce luz”, protégenos del mal, y de la banca, amén.

Ahondar en los bajos fondos

El bailoteo y “buen rollo” que generó Afrocubism fue un espejismo en medio de la noche más darks encabezada por el concierto de tres horas de The Cure. Estaba claro que mucha gente aquel día se compró la entrada sólo para ver al grupo de Robert Smith que, desde hace diez años, va anunciando que deja la música, aunque, como dijo un día, si no deja la música es porque le falta imaginación para hacer cualquier otra cosa y porque haciendo música se lo pasa bien, y ya. Los fans babearon hasta la saciedad, y es que Robert Smith puso todos los argumentos para que lo hicieran, machacando hits, todos los que han ido acumulando a lo largo de estas últimas décadas. Yo me fui a ponerme en los brazos del sátiro violinista Warren Ellis con su grupo Dirty Three, Warren, uno de los Bad Seeds de Nick Cave, uno de los mejores compositores de bandas sonoras vivos (The Road, The Proposition, El asesinato de Jesse James….), Warren y Jim White (Bill Callahan, Cat Power, PJ Harvey), Warren, Jim y Mick Turner, 3, que a veces, sobre el escenario, parecen 300. El concierto empezó dando rienda suelta a la improvisación, pero cobró cuerpo cuando se ciñeron a los temas, aunque necesitaran veinte minutos para desarrollarlos. El público del ATP era un público a conciencia, no había despistado alguno (me acuerdo que el año pasando en Glenn Branca Ensemble sí había alguna turista de paso), puesto que The Cure no dio pie a los términos medios, los malentendidos o los extravíos, o estabas o no estabas, pero si no estabas, sabías muy bien los motivos que te empujaban fuera del concierto más multitudinario del Primavera. A Dirty Three les siguió el slowcore de Codeine, otro grupo que ha resurgido de las cenizas y se ha quedado en ellas para poderse hacer el muerto o convertirse en ave Fénix según conveniencia. La otra opción es la que montó la revista Vice en su noche de “death o dark metal”, con Napalm Death y Mayhem, que acompañó sus marchas marciales decorando el escenario con cabezas de cabra, algo recurrente en estos grupos por las connotaciones mitológicas del animal (hay grupos que empalan cabezas de cerdo). La cabra en la tradición griega suponía la lujuria y en la tradición cristiana el “gran cabrón” era una de las encarnaciones del diablo. Los miembros de Mayhem (cuyo cantante, Dead, se suicidó en 1991) han formado parte de ritos satánicos para erradicar el cristianismo e instaurar los rituales vikingos. Nadie salió herido, nadie poseido, el público del Primavera no profirió risas ni claudicaciones, no se burló ni se postró, se miraba el espectáculo con la delicada curiosidad de un entomólogo.

Lo mejorcito de la noche lo ofreció el doble concierto de M83 y Death in Vegas en el MINI. Death in Vegas es de estos grupos que vas siguiendo de lejos con respeto y admiración modal, pero que cuando ves en directo te conquistan ya para siempre. Su último disco se llama “Trans-love energies” y eso es lo que provocaron a los que estuvimos allí, un despegue de energías musicales y amatorias a partes iguales, el despertar de los más sucios instintos y los ritmos más seductores, el regreso a los fondos del beat donde la sangre y la electrónica, los tintes oscuros del rock y la carne se confunden irremediablemente.

De Rebolledo sólo vimos un par de temas: demasiado poco volumen, demasiada modernez sin querer. Rebolledo parece encarnar a un superhéroe que sueña con los héroes de cine blockbuster de los 80’s, un superhéroe DIY made in Méjico D.F., a saber: un “casi nerd” que se alucina a sí mismo al grito de “¡guerrero!” pero que pierde su magia (que no su técnica, puesto que lleva años ejerciendo de DJ) cuando aparece el público de verdad, como pasa siempre en las alucinaciones o en los sueños, cuando despertar no formaba parte de la trama.

La caña ecléctica

Los puntuales dijeron que Grupo de Expertos Solynieve hicieron un gran concierto. A primera hora de la noche hubo la primera escisión, los que fueron a ver la sicodelia de The Olivia Tremor Control y los que fuimos a ver Dominique A, los “ñoños” (como nos decían los detractores del francés) que esperábamos de todo menos ñoñería. Me consta que The Olivia Tremor Control hicieron bailar a todo el público, entre los que se escondían, incluso, algunos mods, público poco afín al festival. Dominique A estuvo como lo que muchos críticos musicales calificarían de “arrollador”. Su último disco, Vers les lueurs, es una pieza de orfebrería llena de ese resplandor que se anuncia en el título del álbum. Hay quien dice que es perfecto, y aunque la perfección no exista, creo en el trabajo escrupuloso y hermoso, y el disco es un claro ejemplo de eso. En él, Dominique A, cual San Juan de la Cruz actualizado, nos cuenta que el mundo estaba lleno de belleza, pero que hemos terminado por esconderla: tenemos que volver a ella, tenemos que volver a ella, tenemos que devolver la luz a las cosas. Dominique A iba equipado con una banda de vientos (clarinete, oboé, cuerno inglés, fagot y flauta), un guitarra-teclado demencial de bueno y desenfrenado que era, bajo, batería, un equipo al completo. Presentó canciones de su último disco, pero también pasó por clásicos, adaptados a la nueva alineación, más roquera, más explosiva, más barroca, más pasional, y lo de barroco no es un decir, no és sólo a nivel formal por cómo suena su música (del sonido más desnudo al acople más demoledor con canciones de larga duración y con estructuras complejas), sino también a nivel de discurso: el sincretismo, el claro-oscuro con más claro que oscuro, la noche del alma sanjuanista, todo aquello que nos dejó el siglo que mejor dialoga con nuestra época. Dominique A, que se toma muy en serio su trabajo de músico, ha dado una nueva vuelta de tuerca a su carrera, este enorme compositor de melodías y letras nos ha dado otra lección, dejando la ñoñería para los grupos que hacen de lo cursi su bandera y de los que se nutre también el festival, y aquel lelo prejuicioso que vuelva a encasillarlo en el cajón baldío de “la chanson française”, que se convierta en un moderno por los siglos de los siglos, amén.

Otro gran profesional de la música es Steve Albini, líder de Shellac, al que descarté este año porque ya disfruté de él el año pasado. Albini siempre cumple, de lejos se oía parte de su construcción math-rock, del contundente directo. Todo lo contrario a Yo La Tengo, el grupo que mejor cae, que ha hecho de la humildad, el trabajo de fondo, la renovación permanente, el compromiso (uno de sus últimas grabaciones es la participación en un disco de apoyo a Occupy Wall Street) y la falta de puesta en escena su emblema y que no supo sacar el sonido en un concierto, sobretodo, destilado y vago; una lástima, aunque seguiré profesando el culto al grupo que no querría culto alguno.

Ya me habían avisado, pero no terminaba de creérmelo, me habían hablado de los lives de Justice, de que el segundo disco era una obra maestra, pero lo que tenía en mi cabeza se quedó muy corto con relación a lo que vimos. Del grupo conocía los hits, los había escuchado en un sinnúmero de locales, pero un live, es un live y allí, como decía mi amiga M.P., “hicieron con nosotros lo que les dio la gana”. Si con Spiritualized tuvimos la sensación de asistir a misa, la puesta en escena clásica de Justice, con sus pantallas iluminadas, sus cruces de neón, su estética monacal que los esconde debajo de las capuchas y que hace que queden camuflados por entre la pirotecnia lumínica, no es para menos. Sus directos van desde el electro más trallero hasta el sonido más minimal, todo generado por la máquina o por la remezcla, los sonidos naciendo y creciendo como piezas de un telar. La masa, como en una buena misa, algo extática y embriagada (y ellos se aprovechan de nuestra debilidad), se rindió a sus pies, a los ritmos de la tribu. Las palabras de la tribu encarnadas en el baile comunitario, era el cuerpo hablando, y nada más, lo único que importaba entonces.

Escogí Justice y me perdí The Pop Group; como Albert ha dejado escrito, fue un alarde de buen post-punk, un conciertazo de uno de los grupos más irónicos y cañeros de los 80’s, grupo al que no se le ha dado la justicia que se merece, con títulos de discos tan actuales como “We are all prostitutes”. Ciertamente todas somos prostitutas, algunas escriben por dinero, otras para poder ver conciertos, y otras para poder llegar a poder escribir por dinero o por entradas o sólo por “aparecer”. Con relación a ello, este año ha habido una polémica con un famoso crítico porque había incluido un elemento de crítica al festival en un monográfico central de cuatro páginas y le habían retirado la acreditación, aunque al final se la devolvieron. ¿Qué pasa entonces? La crítica se convierte en promoción, algo tan necesario para el festival y tan inútil para la gente, entonces, toda descripción pasa por el rango de la propaganda, toda emoción es de compra venta. Este texto es como una diálisis, me sirve para quitarme las impurezas y cansancio que me ha dejado el Primavera (aunque con muy buen sabor de boca), las impurezas y clixés que genera el propio oficio del periodismo musical y las impurezas del “peloteo cultural”, una práctica muy recurrente en el provinciano mundo en el que nos movemos y a veces esquivamos.

Dandismo y vuelta a empezar

El domingo en Arc de Triomf fue la noche de los dandis y de los hombres de antaño: Joe Crepúsculo (sí, Joe también es un poco de antaño), Nacho Vegas (que desde que lo vi en solitario, desmembrado de Manta Ray en la primera edición del Faraday en 2004 lo adoro), Yann Tiersen (de la saga de Wim Mertens y todo el barroquismo cromático) y Richard Hawley (uno de los guitarras de Pulp y al que Banksy utilizó para abrir su Exit through the gift shop con el gran tema The streets are ours). Arc de Triomf se llena, porque es gratis, y porque los músicos lo valen; Arc de Triomf se llena, a pesar de la lluvia que cae después de Nacho Vegas, y se llena porque han pasado tres días intensos y nadie quiere regresar a su casa solo, nadie quiere testificar que sí, que de espejismos también vive el hombre, que todo llega a su fin, incluso esas noches que transcurren infinitas como blancos laberintos, incluso la lluvia que cubre Barcelona, como un bautismo profano, lavándole la cara a la ciudad, echándonos a todos a nuestras madrigueras de nuevo. La peor resaca es la del exceso de memoria, la afección del cuerpo y de la cabeza tras momentos de gran intensidad, pero el mono no dura más de dos o tres días, después incluso puede que escuches música sin que te invada la nostalgia de los conciertos, de las duras caminatas del Fórum, del viento entre las piernas en las primeras noches de bermudas, del goze del éxtasis músico-fraternal. Después de estos dos o tres días volverás al amor selvático y cotidiano, a los dilemas de la conciencia, a la música enlatada y al compromiso diario con lo que te rodea.